domingo, 19 de julio de 2009

Mûmm - Capítulo 2-2: Un niño 2986-2987

Le encontró sentado en el bordillo de la estrecha acera que separaba el edificio de las aulas de la arena reseca del patio. Agachado sobre sus rodillas hacía montoncitos de tierra con las manos como si quisiera encontrar el polvillo más fino que se esconde bajo la grava. Aun así lo hacía sin mucho convencimiento, como aburrido, como si en realidad estuviera muy lejos de allí. Jem sintió que se le encogían las tripas de sólo pensarlo. Núi aún estaba muy afectado con todo lo que había sucedido con Tana y ahora… Pero tenía que decírselo. Se acercó y se sentó a su lado. Núitor ni le miró ni hizo absolutamente nada.

-Hola.- dijo el mayor.

Núitor no le contestó, pero al menos le miró un instante. Jem reconoció la mirada. A sus casi 18 años y después de 6 conviviendo con aquel niño sabía interpretar muy bien sus gestos. Y es que Jem y Núitor se habían convertido casi en hermanos dentro de aquella Residencia. Aún se acordaba de cuando Núi llegó, tan pequeño, tan asustado, tan absolutamente triste. Ninguno de los niños sabía demasiado de los demás porque solían llegar tan jóvenes que no tenían historia previa a la Residencia o, sencillamente, no eran capaces de recordarla. Pero Núi había llegado allí a los 6 años y a esa edad ya se tenían recuerdos bien sólidos de la familia y del mundo. A él le habían dejado allí siendo apenas un bebé, así que toda su vida la había pasado entre aquellos muros. Le fascinaba ver a un niño yark que hubiera vivido tanto tiempo en el exterior. Así que cuando vio que Tarpen Crey se tomaba más molestias de las habituales para “educar” a ese niño, esa fascinación se convirtió en interés. Y, si tenía que ser sincero, le daba pena.

Así que un día, harto de ver al crío solo en el patio, permanentemente serio y silencioso, como si no quisiera tener contacto con nadie, se acercó y le habló. No encontró respuesta ese día, ni al siguiente, ni al otro… Le costó casi un mes hacerle hablar y mucho tiempo más el hacerle hablar con los otros niños. Pero lo consiguió y descubrió que aquel chavalín de pelo oscuro y ojos de un gris cristalino le seguía fascinando como el primer día. Quizá fuera por el rumor que corría entre los niños de que su yarkith era uno catalogado de “peligroso” y que podía tener un nivel más que respetable. O quizá fuera por la actitud del crío a los continuos castigos de Crey. No lloraba nunca, no se quejaba nunca, se mantenía firme y ligeramente desafiante ante las perrerías del jefe de la guardia y de Tana. Jem meneó la cabeza al pensar en ella. Aquella niña odiaba a Núitor con todo su ser. No habían sido ni una ni dos las veces que el chico había ido a la enfermería porque Tana le hubiera clavado algo. Él nunca respondió. Y por eso la leyenda, el rumor y la imagen de Núitor fue creciendo poco a poco en las mentes de todos los niños de la Residencia, incluidos los mayores.

Era obvio que tenía que tener un yarkith muy poderoso para que Crey la tomara tanto con él, y nadie podía aguantar tal abuso de Tana demasiado tiempo sin acabar peleándose con ella (Tana siempre deseaba llegar a ese extremo porque siempre ganaba). Todos admiraban la entereza del niño, su aparente fortaleza, mientras que nadie, jamás, había visto su yarkith. Sin querer, y sin saberlo, Núitor era admirado por todos los niños de la Residencia y Jem, aunque 6 años mayor que él, había caído en su hechizo inconsciente del mismo modo.

Pero además Jem le conocía. Desde que le “rescató”, Jem se había convertido en el hermano mayor, en el amigo, en el refugio. Núi sólo se permitía llorar o derrumbarse cuando estaba con él y sólo a él le contaba lo que le pasaba cuando le pasaba algo. Por eso Jem sabía que el episodio de Tana había abierto una herida mucho más profunda de lo que muchos podían ver a simple vista.

Núi odiaba su yarkith. Lo detestaba con cada fibra de su ser y el hecho de que fuera tan parte de él como sus manos o sus piernas le frustraba más que cualquier otra cosa en el mundo. Jem nunca había visto nada igual, ningún niño que renegara tanto de su poder. Nadie podía decir que le gustara ser yark. Si no lo fueran no estarían allí encerrados, pero en el caso de Núitor esa inquina era especial y Jem sabía que era porque Núi recordaba lo que era “estar en casa”. Núi culpaba a su yarkith de que sus padres ya no le quisieran, culpaba a su marca de que le abandonaran allí, se culpaba a sí mismo de cosas que había hecho antes de llegar a la Residencia y sobre todo, se culpaba a sí mismo de lo que había ocurrido con Tana hacía ya un mes.

Todos lo habían visto por fin. El yarkith de Núitor era muy poderoso. Lo suficiente como para dejar en ridículo a Tana, alguien con un poder tan impresionante que si no fuera por los dardos de sedante de los guardias, podría destrozar la Residencia entera con sólo desearlo. Ahora todos sabían que había alguien más poderoso y que la ira de Tana no conocería límites a partir de ahora. Quizá lo que Núi hiciera aquel día fuera bueno ya que impidió que la palangana golpeara a los párvulos, pero el sólo hecho de utilizarlo por primera vez en público había hecho que le castigaran como Crey no había castigado a nadie en los 17 años que Jem llevaba en aquella Residencia. Incluso él mismo, con su yarkith curativo, tuvo que esforzarse para sanar al muchacho en algunas ocasiones.

Núitor desde entonces se había vuelto a retraer. No quería hablar con nadie y se mantenía siempre al margen de los otros niños. Jem trató de hablar con él varias veces sin éxito. No le presionó. Aquel era un momento duro, pero ya no lo podía evitar por más tiempo. Pronto ocurrirían dos cosas muy importantes y tenía que avisarle.

-Me he enterado de algo.- dijo Jem. Núi no dijo nada, pero escuchaba.- Tana va a salir de la enfermería mañana.

Jem oyó que Núitor suspiraba de alivio y no pudo menos que sorprenderse. El golpe que le había dado a la niña con su yarkith la había dejado inconsciente y malherida. Muchos temían que se hubiera quedado parapléjica o algo parecido si es que no había muerto con el cuello roto. Ningún niño, por cruel que sonara, se lamentaría de librarse de Tana por una razón u otra y sobre todos ellos, Núitor sería el mayor beneficiado. En cambio Núi se sentía profundamente aliviado y al suspiro le siguió una sonrisa.

-Menos mal…- dijo.

-Yo no estaría tan contento, Núi. Te matará.

-No, no lo hará. Pero al menos está bien.

Jem no quiso contradecirle. Estaba más relajado y seguía sonriendo, confiado. Posiblemente tuviera razón. Tana no podría matarle, pero la pelea sería brutal.

-Y hay otra cosa más.- Jem buscó las palabras, pero no encontró el modo de hacerlas más suaves. Núitor le miraba con interés.- Me marcho.

Núi palideció.

-¿Cuándo?

-En 6 meses tengo los Exámenes de Reinserción.- informó el joven. Se encogió de hombros.- Acabo de cumplir los 18 años, tío, ya era hora de marcharme. Además, ya he echado la solicitud en la Academia de Tornor para Medicina.

Núitor estaba sin habla, desolado, pero al final asintió y volvió a sonreír.

-Entonces te deseo mucha suerte.

-Todavía me quedan 6 meses aquí.

-Hasta los exámenes.

-Sí.

Ambos se quedaron callados.

-¿Nos volveremos a ver?- preguntó Núitor al final.

-¡Claro!- Jem le dio un capirotazo en la cabeza.- ¿Te crees que te vas a librar de mí tan fácilmente?

A partir de ese día Núitor volvió poco a poco a ser quien era aunque efectivamente Tana saliera al día siguiente de la enfermería. En aquellos 6 meses que le quedaban, Jem pudo ver que sus sospechas se confirmaban. La ira de Tana se expandió por toda la Residencia en 4 ocasiones en todo aquel tiempo con el único objetivo de, ya no sólo herir a Núi, sino de matarlo. Decenas de proyectiles metálicos, la litera que se enrollaba en torno a su cuerpo, asfixiándolo, tuberías convertidas en lanzas, ventanas, vigas, techos enteros que caían sobre él… Nada, nunca, llegó a tocarle un pelo. La Residencia se convirtió en un campo de batalla en el que Tana lanzaba las ofensivas y Núitor se limitaba a repelerlas. Al principio Crey no hacía más que castigarles, pero aquello no parecía detener a la niña. El hecho de que Núitor no atacara espoleaba aún más a la chiquilla haciendo sus ataques cada vez más fuertes.

Pero Tana había aprendido la lección. No podría luchar contra Núitor si Crey les mantenía encerrados y aislados en “el Pozo”. Tenían que pelear en secreto. Jem pensó que Núitor jamás accedería a algo así, pero para su sorpresa, cuando quedaban apenas 3 semanas para sus exámenes, la pelea secreta tuvo lugar.

Se escaparon de los cuartos a las 3 de la madrugada de una noche fría de marzo. Muy pocos sabían que aquella pelea iba a tener lugar y cuando se reunieron en la explanada tras el Molino sólo Tana, Núitor y otros 5 adolescentes de ambos bandos estaban allí. La luz de una de las torretas de vigilancia les iluminaba aunque estaban seguros de que no había nadie allí que les delatara.

Y la pelea comenzó. Tana extraía pedazos de metal del antiguo molino y de la propia verja del campus, convertía cualquier cosa en un arma mortal, incuso los botones y las patillas de las gafas de uno de los chicos. Núitor lo repelía todo con facilidad hasta que Tana, frustrada, rugió de rabia y entonces el Molino se movió. Jem abrió los ojos y la boca absolutamente horrorizado al ver cómo la estructura metálica del molino se movía como un inmenso monstruo abalanzándose como una bestia sobre el muchachito de 13 años que lo miraba con estupor. Cuando la masa de piedra, hierro y mampostería iba a caer sobre él, reaccionó y alzó una mano para sostener la estructura. Entonces Tana atacó. Decenas de tornillitos, clavos y cositas afiladas de metal se clavaron en la piel del muchacho lanzándole hacia atrás con un grito de dolor. El molino, sin nada que lo frenase, siguió su trayectoria para sepultar al niño. Jem gritó y el molino se derrumbó por fin en un estruendo brutal levantando polvo y tierra y obligándolos a todos a toser y correr por sus vidas. Cuando todo se calmó un poco Jem siguió gritando el nombre de Núitor, llamándole desesperadamente, trepando por las piedras y atravesando el polvo tratando de encontrar algo.

Entonces le vio. Estaba sangrando por todo su cuerpo de todas las heridas que los proyectiles de Tana le habían causado. Con un ligero esfuerzo hacía que el tornillo o el clavo saliera despedido de su cuerpo. ¡Estaba utilizando su yarkith desde dentro para sacarlos! Pero lo que de verdad dejó a Jem sin palabras fue el hecho de que ni una sola piedra le había tocado el cuerpo. El molino derruido le rodeaba pero en un radio de un metro a su alrededor, como si un campo de fuerza le hubiera protegido.

-¡Núitor!- exclamó el joven.- ¿Estás bien? ¡Oh, Mûmm santa! ¿Cómo…? ¿Cómo…?

El niño arrancó el último clavo y lo arrojó al suelo teñido de sangre. Jem oyó a sus espaldas que alguien trepaba las rocas para ver lo que él veía. Se volvió. Los ojillos verdes de Tana refulgieron a la tenue luz.

-¡Sigues vivo!- exclamó indignada. Levantó una mano y una viga se alzó en el aire para golpearle.

Núitor la desvió sin esfuerzo y caminó hacia Jem.

-Apártate. Tengo que terminar con esto.

Tana ya se había hecho con un arsenal entero de los escombros y lo lanzaba a Núitor sin descanso, pero el niño avanzaba repeliendo los proyectiles sin siquiera alzar las manos, como si un campo protector le rodeara.

-¡Tana, basta!- gritó mientras más y más lanzas caían a su alrededor sin rozarle.

-¡Nunca, maldito monstruo! ¡Te mataré por lo que me hiciste!

-Entonces atente a las consecuencias.

Núi alzó una mano y golpeó a la niña en el pecho que salió despedida varios metros atrás cayendo en el mullido césped. Tana permaneció tendida un momento, aturdida. Núi fue hacia ella seguido de todos los niños que no querían perderse nada y, por supuesto, de Jem. Tana le miró entre aterrada y furiosa desde el suelo. Hizo un amago de mover una mano para utilizar su poder, pero Núitor con un gesto de la cabeza se lo impidió. Tana trató de despegar los brazos del suelo, trató de incorporarse, pero le fue imposible. Forcejeó, gritó, maldijo y escupió hasta que acabó llorando de rabia e impotencia.

-Has perdido, Tana.- dijo Núitor muy serio cuando tras un largo rato Tana dejó de pelear contra lo imposible.- No puedes matarme y no quiero que lo intentes nunca más.

-Eso jamás…- silbó la niña.

-¡Júralo!- gritó el chaval. Tana gimió de dolor. Debía de estar apretando con su poder el frágil cuerpo de la niña.

-Nunca…

-Entonces perderás una y otra vez hasta que ya no puedas volver a perder.

-¿Me estás amenazando?- dijo Tana con sorna. Jadeó por la presión y rió divertida.- ¡Que lo oiga todo el mundo! ¡Núitor Malende me está amenazando de muerte! ¡¡Ja!! Tú no serías capaz de matar a una mosca, maldito monstruo cobarde. No eres más que un mocoso asustado, Malende. Un monstruo llorón que quiere volver con su mamá…

Las palabras de Tana se ahogaron en un boqueo en búsqueda desesperada de oxígeno. El rostro de furia de Núitor era indescriptible.

-¿Estás segura de que no podría matarte?

Mantuvo la presión unos segundos y después soltó, se dio la vuelta y se marchó a grandes zancadas perdiéndose en la oscuridad de vuelta a los edificios de la Residencia.

Tana no volvió a atacarle en el tiempo que Jem estuvo allí. Cuando hizo los exámenes continuaban en aquella tregua frágil y peligrosa, pero Núitor se mostraba tranquilo. Cuando por fin se despidieron creyó ver a Tana al fondo sonriendo con satisfacción, como si hubiera deseado que Jem se fuera. El joven se estremeció. Miró a Núitor que sonreía con los ojos al borde de unas lágrimas que no dejaría caer y le revolvió el pelo oscuro.

-Nos volveremos a ver allá afuera.- le dijo. Núi asintió.

-Hasta pronto.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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